jueves, abril 15, 2010

Los gatos de la madrugada

No sabíamos si era un bebé o un gato.
Lo que fuese que estaba chillando de una forma tan aguda y punzante, además de tener tanto aire en sus pulmones como para alimentar a un grupo militar de gaiteros, debía estar sufriendo una inimaginable serie de tormentos. Cada grito era lanzado con furia y resentimiento hacia el mundo. Seguro que si hubiese tenido algún significado, habría sido ofensivo. Y como estaba cargado de tanta intensidad, llegamos a la conclusión de que no podía ser un bebé: nadie que haya vivido tan poco en este mundo puede gemir de esa manera.
Curiosamente, resultó que el causante de los chillidos no era un "él". Era una gata (aunque seguro hubo un "él" involucrado). En algún lugar escuché que los gatos, o mejor dicho las gatas, no disfrutan nada acerca de la copulación: sus compañeros les provocan tanto dolor que ellas gimen como si les quemaran las entrañas.
Bueno, ahora al menos sabemos que alguien en el edificio sí se entrega a los dictados de su especie. ¡Enhorabuena, tlatelolcas!
Este episodio de demostración pública de afecto no se ha limitado a aquella ocasión en que mi hermana y yo descubrimos que la marquesina de nuestro edificio es un hábitat ideal para los gatos ferales. Muchas noches del año nos han despertado los gritos de las gatas. Ahora, claro, se ven las consecuencias: anoche pudimos ver desde la ventana una camada de 4 0 5 gatitos jugando al equilibrista en las terrazas. Cuando corrimos la ventana para ver mejor, la gata madre volteó hacia arriba y se nos quedó mirando todo el tiempo que nosotros hicimos lo mismo con sus críos. Los chamacos iban y venían por la marquesina a placer, tirando algunos zarpazos inofensivos, o persiguiendo su propia sombra proyectada por los faroles de la calle. Al poco tiempo se aburrieron y se refugiaron en la oscuridad de los nichos del edificio. La madre los siguió, no sin antes dedicarnos una mirada de amenaza.
Esta novel familia de gatos no es, ni por asomo, lo más representativo de la felinidad de nuestro edificio.
Ojalá.
Hace un par de años, en plena madrugada, me disponía a salir del edificio con mucha prisa, pues se me hacía tarde para la escuela (en aquellos tiempos las clases se daban en la mañana). Cuando di vuelta al cubo del elevador, me topé con un concilio de gatos. Había cerca de 10 felinos, sentados cara a cara en disposición circular frente a la puerta principal del edificio. Algo se traían entre patas, porque al darse cuenta de mi presencia todos voltearon a verme y me dirigieron una mirada que decía: "¿Vas a quedarte viendo todo el día, niño, o vas a tener la inteligencia suficiente para largarte de nuestro lugar de reunión?" Con mis 20 años a cuestas, me habría sentido ofendido por el mote de "niño", pero, inquietantemente, no lo escuché. De hecho, no había escuchado nada ni siquiera antes de toparme con el concilio. Los gatos estaban simplemente ahí sentados, observándose los bigotes, jugando a ver quién parpadeaba primero. Por ello, creo que lo que más les molestó de mi presencia no fue la interrupción de su reunión, sino la ruptura del silencio causada por el "¡Buenos días!" que instintivamente salió de mi boca cuando crucé el portón. Sólo después reparé en lo extraño que resultaba saludar a un grupo de gatos... que no conocía personalmente.
Una magnífica adición al freak-show gatuno de mi edificio es el gato que no sabe maullar. La primera vez que lo escuchamos, mi hermana y yo pensamos que quien estaba haciendo ese sonido era uno de los dos. Pero nos vimos las caras, medimos nuestro talento de ventriloquia y descartamos definitivamente la idea. Lo que escuchábamos en el exterior era un maullido lastimero, demasiado armónico y elocuente. Sólo pudimos calificarlo como de fingido. El gato no sabía maullar e imitaba los sonidos que oía de los otros gatos. Tristemente, nadie le enseñó tampoco a ejercer sus dotes actorales. Maullidos mal actuados, que ni Félix ni Don Gato habrían de aprobar jamás.
Hasta ahora me he divertido mucho viendo a los gatos que habitan la madrugada de mi edificio, período que mis vecinos humanos no se han preocupado por llenar. Y me emociono al pensar en todo el entretenimiento que aún me tienen preparado. Por ello, siento que es un deber moral retribuirles algo de lo que me han dado. El siguiente veintitantos de marzo me uniré por primera vez al movimiento global y practicaré el día de "Cuéntale un chiste a un gato".
Aunque no se ría.

viernes, enero 08, 2010

La vida a sorbos: La conquista de la abundancia.

-Creo que la vida sólo se puede vivir a sorbos- me dijo de repente Jani.
-¿A sorbos?
En su mano sostenía un chocolate caliente, que expedía sabor y aroma en cada voluta de humo. Mientras trataba de entender su sentencia, eché una ojeada a la menguante espuma de mi menguante capuchino. En cierto modo, me pareció una frase tan profunda como una columna estratigráfica que llega hasta el cambriano: la puedes abarcar de un vistazo, pero no comprendes su importancia hasta que un paleontólogo te la explica. Si es que la tiene.
-Sí, mira. Siento que la vida, la realidad, es tan grande que sólo por pequeños instantes puedo percibirla por completo. Que hay tantas cosas que ver y oír, que son pocos los momentos en que puedes estar consciente de todo.
Ya comenzaba a descifrar sus palabras. Al mismo tiempo, me puse a observar a toda la gente que, como nosotros, tomaba café y platicaba en la cafetería. Traté de concentrarme menos en la gente y más en las personas. Primero, divisé a una pareja en la mesa más cercana a la entrada. Luego, a un grupo de amigos que conversaban animadamente, riendo y jugueteando, en la mesa contigua. Había también una familia entera, de padre, madre, hijos, tíos. Al lado, sentados en torno a un sujeto de chamarra negra y vaqueros oscuros, un grupo de niños casi adolescentes se esforzaban por poner atención en la plática gráficamente explicada por el sujeto del centro. A los clientes del fondo de mi fila de mesas, no pude verlos. Fui recorriendo con la mirada toda la fila hasta llegar a la mesa frente a la nuestra. En seguida, intenté recordar a las primeras personas que observara. Al mismo tiempo, traté de percibir en un solo segundo a todas las personas que había visto, de estar pendiente de cada movimiento suyo, de inferir sus emociones y actitudes, de integrar en un solo dato todos sus movimientos. Lo que ocurrió fue que me desconecté por algunos segundos de la conversación que sostenía con Jani. De inmediato traté de regresar a lo que ella me decía, y caí en cuenta de que había guardado silencio en espera de mi respuesta.
-Tienes razón -dije al fin-, tan solo el hecho de estar consciente de cada una de las personas aquí en el Jarocho, te sustrae de cualquier otra cosa. Vemos una gran cantidad de gente y sólo pensamos en una multitud. Tan fácil nos resulta que existe la palabra multitud para referirnos a una gran cantidad de personas. Y no sólo para referirnos a ellas, sino para pensarlas como una sola cosa y nos evitemos problemas de estar al pendiente de cada una.
-Pero no sólo es eso, Vic. Trata de percibir, junto a cada una de las personas, las gotas de agua que caen en los charcos del piso, los autos que pasan por la avenida allá afuera, las luces de los faroles y los semáforos. Luego, abre tus oídos y escucha la vastedad de sonidos que nos rodean. Es el golpeteo de las gotas de lluvia, es cada una de las conversaciones de la gente, es ese molesto y agudo pitido que viene de algún lado. Luego, trata de sentir el viento que te llega a la cara, o la vibración en la mesa que provoca el chico que se arremolina en la silla de aquí atrás, y que en su movimiento transmite esa vibración a tu café. ¿Lo sientes? ¿Sientes esa vibración? ¿Sientes todo eso?
Seguí sus instrucciones y traté de mantenerme al tanto de todo, todo, lo que estaba ocurriendo alrededor mío. Después de unos instantes, me di cuenta de que aunque tenía muchas cosas en la cabeza, ninguna de ellas era un pensamiento propio. Estaba poblada únicamente de sonidos y movimientos. Como si cada una de mis neuronas estuviera ocupada por el estímulo enviado por cada una de las moléculas del ambiente, y al agotarse los espacios, no tuvieran a quién enviar esa información. No había para dónde moverse. Había un embotellamiento en mi cerebro. O mejor aún, un incontenible torrente de información que inundaba todos mis pensamientos.
Tuve que parpadear con energía y fruncir el ceño enfáticamente para salir de aquel estupor. Volteé a ver a Jani, y volví a darle la razón, al tiempo que recordaba las palabras de un filósofo que identificó como una característica humana la "conquista de la abundancia"*. Mis pensamientos estaban tan aglomerado que no recordé su nombre. Pero me pareció que lo que Jani me había señalado tenía exactamente el mismo sentido que las palabras del filósofo.
-Por eso sólo lo puedo hacer un par de veces por día- me confesó Jani-. Sólo en cortos momentos puedo percibir la realidad tal como es.
-Entiendo-, dije yo, mientras volvía a mi capuchino. Acerqué el borde del vaso a mis labios abiertos. Lo incliné para que el líquido dentro de él se deslizara hasta mi boca.
Y lo bebí.
No con prisa.
Sino a sorbos.


P.D. *Es Feyerabend.

miércoles, diciembre 02, 2009

Mudam-se os tempos, mudam-se as vontades (excerto) ... Luís de Camões

Mudam-se os tempos, mudam-se as vontades,
muda-se o ser, muda-se a confiança;
todo o mundo é composto de mudaça,
tomando sempre novas qualidades.


Isto não é... a evolução?

Blog de Evolución de la UNAM