sábado, abril 05, 2008

Dormir frente al volante.

¿Escuchas la radio? Suena como a esas canciones que solíamos cantar en verano. ¿No las recuerdas? Con una radio a pilas, caminábamos por el lindero del río y nos divertíamos de lo lindo. Cantábamos y cantábamos sintiéndonos grandes artistas. Esperábamos que los peces nos aplaudieran al final de cada canción. Creíamos que las luciérnagas iluminaban para nuestro acto. Y al final, camino a casa, nos agarrábamos de la mano para no tropezar con las piedras del camino. Cada una más curva que la otra, se proyectaban sobre sí mismas y nos divertíamos viendo como flotaban alrededor nuestro. Intentábamos tocarlas, pero el cielo caía sobre nosotros. Todas las ranas croaban la Quinta de Beethoven, y los mosquitos nos picaban los ojos y la lengua. Yo, asustado, te agarraba fuertemente la mano y corría hacia la pradera, ayudado por los cuervos. Tú flotabas metódicamente y te dejabas descansar al borde de la lluvia. Cuando creía que la matrona nos alcanzaría, gritaba a todo pulmón. "¡Sea pues, ingrata! Déjame sentir el cielo de tus zapatos. Déjame entender el porqué de tus corazones. Aligérame el tiempo, o intenta ahuyentar al intrincado..."
-¡Hermano, tienes el alto!
Pisé los frenos apenas a tiempo. Nos detuvimos a escasos centímetros del auto de enfrente. Mi respiración era agitada.
-¿Vienes durmiéndote verdad?
-Pues... un poco -admití-. Pero soñe algo grandioso. ¿Quieres que te lo cuente?
-No seas zonzo. Vamos muy tarde y por poco nos matas. Concéntrate en manejar, mejor.
-Sea pues.
Todo ese día, me quedé con ganas de escuchar la radio.

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